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He aquí tres canciones, para mí catárticas, de esas que te hacen cerrar los ojos mientras las escuchas a todo volumen y que te elevan a un estado de placer mental máximo.

Las tres son de dos de los grupos que más me gustan. Si tuviera que decir alguna canción más tal vez ahora no podría, revelar tales secretos es como encontrar pepitas de oro en el río. Estas ya me inspiran toda esta intimidad.

La primera es una de mis viejas conocidas de Final Fantasy, completamente diferente a casi cualquier tipo de canción y con el típico crescendo a lo Arcade Fire. Demos gracias a The Knife por reinventar el xilófono.

La segunda me encanta escucharla si mientras veo este vídeo que alguien grabó una tarde en la playa con su novia y que consiguió sincronizar perfectamente con la música de Grizzly Bear en un juego de imágenes ralentizado de enorme belleza.

La tercera me deja sin palabras. Es lo más parecido a Yann Tiersen que haya escuchado y lo mejor de todo, que todo parece indicar que no era esa la pretensión. Delicado, creo que merece la pena ver como Pallett va construyendo él mismo su propia canción. Precioso.

Canciones para dejarse llevar…

y para hacer el bien.


Que un circo o una casa del terror puedan suscitar en nosotros miles de sensaciones dispares, no es nada nuevo. Que un libro lo consiga, tal vez sí.

Criaturas Abisales (publicado por Los libros del lince), de la novísima autora Marina Perezagua, tiene la extraña habilidad de mantener frescas en la memoria cada una de las catorce tramas argumentales que este libro caleidoscópico ofrece. Empezar a leerlo es, ciertamente, adentrarse en un universo paralelo.

Al principio, uno puede pensar que se trata de un ejercicio de toma de conciencia en el que se le da la oportunidad de descubrir el lado turbio de lo humano: esas circunstancias que de puro instinto nos transforman en animales, como la pérdida de control, un accidente o los estados depresivos. Sin embargo, este es un viaje mucho más largo. Muchos de sus cuentos alojan, entre palabras, pequeñas puertas que conducen a lo fantástico, y lo mejor de todo es que lo hacen desde la cotidianidad, como ya le pasara a Alicia en su País. Aquí no hay naipes parlantes o un gato rosa capaz de hacerse invisible, pero sí podremos encontrar una lengua portátil que bien podríamos llevar algunas en el bolso para usar en momentos de estrés o algunas ideas para ahorrar en la factura de la luz a base de movimientos copulatorios.

Que un autor experimentado nos deslumbre con su prosa, no es nada nuevo. Que una autora novel lo haga con estos cuentos literalmente fantásticos, tal vez sí.

Y es que Perezagua no sólo está dotada de un imaginario desbordante, sino que también es virtuosa en la escritura y lo sabe hacer con un lenguaje sin pretensiones (por supuesto, en el mejor de los sentidos), además de aspirar a sorprender al lector con cada uno de sus relatos, tan independientes entre sí como hijos crecidos y maduros.

Recupero la invitación del editor y digo: pasen y vean, déjense fascinar por el lado más lúgubre de la vida, no esperen a comprobar que el animal más retorcido de la tierra somos nosotros mismos, descubran la realidad distorsionada sin espejo que la deforme… ¡Abróchense los cinturones, enfrásquense con Criaturas abisales y déjense llevar por una lectura de lo más fluida y truculenta!

Otra reseña que te recomiendo: Dog soldiers de Robert Stone, un viaje al fascinante país norteamericano de los años 70.

Existen personas que al ofrecernos una parte de su producción, esa que cuecen en sus cabezas ya sea desde la realidad o la ficción, marcan un antes y un después en lo que a nuestra experiencia personal se refiere, obligando a nuestra ingenuidad a dar un paso sin retorno hacia lo que antes era desconocido o prácticamente inconcebible.

En ocasiones es de agradecer que alguien nos saque de nuestra ignorancia y nos descubra lo que hay más allá de nuestras narices pero en otros casos bien nos gustaría habernos quedado en la oscuridad del desconocimiento sin exponer ni nuestra moral ni nuestra sensibilidad.

Personas sensibles, como es mi caso, habrán experimentado ese vértigo con Fargo o con Perros de paja de Peckinpah y se habrán estremecido si han visto recientemente Winter’s bone de Debra Granik o si han terminado de leer la última novela publicada de Robert Stone en España por Libros del Silencio.

Dog Soldiers arranca en lo más profundo de Vietnam, ese mundo fascinante que ya plasmaron en el cine grandes directores como Coppola, Stanley Kubrick, Oliver Stone o Michael Cimino. Converse, el primero de los protagonistas, un periodista mediocre y de carácter pusilánime y anodino, decide embarcarse a Vietnam en busca de algo diferente sobre lo que escribir y desvincularse así del periódico ficticio-sensacionalista local  Nightbeat para el que trabaja y que además es propiedad de su suegro.

Una vez allí la historia pega un giro inesperado y se sumerge en el universo paralelo de los opiáceos en el que Converse, fascinado por la supremacía en el negocio de la bella Charmian, decide hacerse con 3 kilos de jaco que pagará con el dinero que le dieron al vender una obra de teatro que escribió hace tiempo, cantidad de dinero que espera cuanto menos duplicar al pasarla y colocarla en los Estados Unidos.

Para ello contará con la colaboración de Hicks, ex marine y porteador de la droga desde Vietnam que lee a Nietzsche y al que el mismo Converse denomina como psicópata, y con la de su mujer Marge, madre de una niña enganchada a los fármacos con especial predilección por el Dilaudid como Michael Jackson.

Semejante trama en manos de estos traficantes diletantes no puede más que convertirse en una gigantesca bola de nieve, cuando Hicks y Marge eluden a los receptores de la droga y escapan con ella, lanzándose en un frenético viaje al más puro estilo road movie mientras se inician en el uso de la cuchara y la jeringuilla. Converse, que cae en manos del capo tendrá que colaborar con los matones para alcanzarlos, hacerse con la mercancía y salvar así el pellejo.

Inabarcable en el espacio y en el tiempo, es una novela con tantos escenarios posibles que es poco probable que el lector no se diluya en perfecto matrimonio con la trama. Los protagonistas, para nada arquetípicos, darán un giro drástico a sus vidas persiguiendo el único objetivo de hacerse con los 3 kilos de heroína, sin darse cuenta de que acabarán sucumbiendo ante su propia miseria en un centrifugado salvaje.

Es una historia en la que en realidad los reparos morales nunca existieron y en su lugar queda un vacío sobre el cual se salta una y otra vez en forma de curso acelerado de indiferencia y autodestrucción. Robert Stone hace un uso magistral del lenguaje en los pasajes alucinatorios y plantea una historia que abofetea al lector sin ningún tipo de escrúpulos pero que le deja con una sensación de irremediable confort cuando se lee desde la distancia.

Pieza fundamental que no puede faltar en ninguna biblioteca si ya se ha nutrido antes de otros volúmenes del realismo sucio o de la Generación Beat. Únicamente decir que estoy deseando ver la peli: Who’ll stop the rain, traducido al castellano por Nieve que quema.

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