Hablar por las mañanas me es casi tan difícil como el oler el humo de un cigarro. Me despierto ya a duras penas aún de noche en invierno o en fresca y azul mañana en verano, tras unas cuantas horas de regocijo personal. Huesped privilegiado de mi cama, que no empieza el día sino que acaba la noche, me incorporo lenta primero sobre el costado, cogiendo un impulso vago sin ganas ni fe, con la cabeza a remolque como si yo entera fuese una marioneta. Mi pelo siempre amanece de lado.

Despiero aún sin saber por qué me veo en la obligación de hacerlo y poniendo siempre en duda (todos los días, no falla) que algo merezca que lo haga, me sumo a la rutina de los despertares: buscar a tientas las gafas, colocármelas para ver si es que veo, levantarme como si tuviera 90 años, buscar cualquier cosa para ponerme y vestirme rápido porque ya me he comido los quince minutos del desayuno.

Levantarse pronto es insano y deprimente. Es imposible que me levante con energía habiendo tenido que abandonar mi placenta favorita en ese típico estado de turbidez mental a caballo entre lo onírico y lo real.

Como iba diciendo, hablar en medio de este rictus es algo que me duele, me cuesta y me pone de mal humor aunque hace ya tiempo que nadie me hace materializar este esfuerzo. Con un poco de suerte no tendré que hacerlo hasta que llegue al trabajo para cumplir con los obligados saludos. Si no, tal vez haya alguien que me joda la vida preguntándome si me voy a bajar en la siguiente parada. Esos a los que aún la RAE no ha etiquetado pero que yo vengo llamando los cagaprisas.

HE AQUÍ QUE TÚ ERES HERMOSO, AMADO MÍO, Y DULCE