Mirándose sin ver nada, observando a su alrededor las cosas que antes tenían un sentido, un olor y, por sí solas, significado.

Pensar en el vacío de esa casa le ponía enfermo y le sorprendía lo poco que podía llegar a transmitirle todo ese conjunto por el que un día paso gente tan especial y en el que tantas cosas había compartido.

Detestaba que ahora todo eso solo le recordara a sí mismo, encontrárselo todo tal cual lo había dejado, no tener más olor que el de su cuerpo en las sábanas, el de su sudor en la ropa y eventualmente el del suavizante en el armario.

Ese vacío constante le provocaba una terrible pereza mental a evocar cualquier tipo de recuerdo o a pensar en determinadas situaciones y, a veces, se sorprendía insensible o terriblemente depresivo ante ciertas películas. Verse solo definitivamente no podía ser sano.

Abandonó la casa cerrando la puerta tras de sí con indiferencia, salió a la calle y decidió caminar por hacer, de este modo, algo diferente. Escuchó sus propios pasos sobre el asfalto y cuando se acordaba el sonido de su respiración.

El sol de mediatarde resbalaba pegajosamente sobre su traje de verano y el casco de pelo mojado recién salido de la ducha se convirtió en una esponja hostil al absorber el calor de la calle, creándole la sensación de estar atrapando todos los rayos del sol en su cabeza y licuándolos en forma de sudor.

Escuchó de nuevo sus pasos rápidos sobre el asfalto y entretuvo los dedos de su mano derecha en manipular las llaves ya sudorosas del hogar. Cansado de volver a recorrer otra vez ese camino y sobre todo enemigo de volver a generar nuevos pensamientos, decidió hacer un cambio en su ruta y trazar un zigzag entre las calles que, visto desde arriba, habría podido considerarse como una absoluta pérdida de tiempo.

Ese detalle era sin embargo ciertamente banal pues había salido de casa con suficiente margen como para evitar cualquier posterior carrera incómoda, llamada de teléfono o sudoración excesiva en camisa, traje, frente y manos.

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