Hace ya algo más de un año que volvimos de nuestro viaje por la antigua Yugoslavia. Por aquel entonces otro volcán islandés paralizaba los aeropuertos y nos hacía vivir con incertidumbre nuestro regreso. Habíamos pasado por 6 países, conscientes, cada vez que cruzábamos una frontera, de la realidad que conforma este mosaico de culturas y tradiciones. Curiosamente, el único punto en común entre todos ellos es el gastronómico.

Dos semanas de viaje, innumerables horas en autobús, cientos de fotografías, frenéticos cambios de moneda para enamorarnos de unos países más que de otros y observar con respeto el paso de la guerra y de la historia por lo que antes fue un pueblo que ahora forman siete, un abanico con más de nueve etnias y media docena de religiones. Todo ello en un territorio comparable a la mitad de nuestra península.

Hace ya unos días que la noticia de la detención de Ratko Mladic hizo aparición en los periódicos en los que se exhibía la foto de un viejo de aspecto entrañable, sentado y desvalido, con una mueca de extraña perplejidad al verse el centro de atención de no sabemos cuántas personas.

Hace ya unos días que vengo reviviendo todos los encuentros que vivimos durante nuestro viaje y la indescriptible sensación que nos agarró el estómago al conocer al incomprendido pueblo de Kosovo o al entrar en la ciudad de Sarajevo que aún hoy, casi 16 años después del fin de la guerra, se sostiene, digna, con todos sus boquetes y sus charcos que un día fueron golpes de misil.

Poco tiempo ha faltado, como ya hicieran en 2008 con la detención de Karadzic, para que los radicales serbios se hayan manifestado, primero en cientos, ahora en miles, en contra de la detención de este señor y no puede más que vivirse con triste perplejidad.

Resulta impactante descubrir que en el pueblo donde se ha escondido durante todos estos años los vecinos lo estuvieran encubriendo. O ver las manifestaciones que de forma pública y sin pudor se hacen por no creerle culpable. Especialmente porque, como he dicho, hace ya casi 16 años del fin de la guerra pero los rencores parecen seguir latentes en la cabeza de muchos.

En lo que piensa esta gente es algo que me da miedo saber.

y lo que hace ese niño ahí es algo que me da pena descubrir.

Recomiendo no dejarse llevar por las fotos que de él se han tomado estos días. Solo hace falta verle el gesto feroz que gastaba en sus días de gloria o ver algunos de los muchos vídeos que existen en Youtube sobre la masacre donde se le ve saludar con cinismo a cada uno de los autobuses que llegaron a Srebrenica o tocar amablemente la cabeza de los niños que luego haría matar.

He visto muchos pero sin duda el más terrible de todos es este: el momento de la llegada a territorio bosnio de los supervivientes que consiguieron escapar entre los bosques. Estos son los hombres que sobrevivieron a la caza literal de Mladic, a la deshidratación y al cansancio, los hombres que resistieron los trastornos mentales de la persecución que llevaron a muchos a suicidarse por el camino o a matarse entre si.

Las imágenes son durísimas.

No he conseguido pasar de la mitad.

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